Crónica de un evento3 min de lectura
La mañana en que el jardín se llenó de tablas pintadas
Sacamos tablas viejas, pintura y papel al pasto un sábado a las diez. A la una había veinte niños pintando y ningún adulto con las manos limpias.
Por Equipo Hacienda, Redacción de la plaza
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La idea era modesta: juntar las tablas que ya nadie usaba, las que llevaban meses en la bodega con la quilla rota, y dejar que los niños hicieran con ellas lo que quisieran. Se puso una carpa por el sol, se extendieron hojas de papel sobre el pasto para los que preferían no arruinar una tabla, y se abrieron los botes.
Llegaron primero los de siempre, los que viven a dos calles. A media mañana ya había familias que venían de la playa, mojadas, y se sentaban a pintar sin cambiarse. Alguien trajo más pintura de su casa cuando se acabó el azul.
Lo que salió
Ninguna tabla quedó como se planeó. Hubo dos que acabaron siendo un solo dibujo porque los que las pintaban decidieron a medio camino que era mejor así. Una quedó completamente negra por insistencia de su autor, de cinco años, que explicó que era de noche.
Las que se secaron bien están colgadas en el corredor. Las otras siguen recargadas junto al cowork, y probablemente ahí se queden.
Por qué se repite
Un taller así no cuesta casi nada y hace algo que ninguna otra cosa que organizamos hace: pone a los niños del pueblo y a los que están de vacaciones en el mismo pasto, con las mismas manos manchadas, sin que nadie tenga que presentarlos.
El siguiente es el 20 de septiembre a las diez. Es gratis y no hay que apuntarse. Trae mandil o ropa que puedas arruinar.



